¿Existió el indio Juan Diego y la virgen de Guadalupe?

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Me parece interesante compartir este artículo que aparece en la página 88 del libro editado por el Ministerio de Ex-sacerdotes "En la Calle Recta", donde se nos habla de la canonización del mito del indio Juan Diego a quien, supuestamente se le apareció la "virgen de Guadalupe" y digo "mito" porque la historia confirma de que "Juan Diego" no existió y además los mismos franciscanos lo han aceptado. Ahora, amigos y hermanos, la pregunta del millón es ésta: Si el tal Juan Diego no existió y es sólo un invento católico, pudo haber existido la virgen de Guadalupe? Si Juan Diego no existió, la dicha "aparición" tampoco pudo haber ocurrido lógicamente. Espero que este asunto ponga a reflexionar a los cientos de católicos que visitan este blog.



LA CANONIZACIÓN DE UN MITO


Un lector de nuestra revista nos hace la siguiente pregunta: “¿Qué saben ustedes de Juan Diego, el Indio a quien, dicen, se le apareció la Virgen María de Guadalupe en el cerro del Tepeyac, México? Le hago esta pregunta porque aquí en México últimamente se ha suscitado una gran polémica debido a unas declaraciones que hizo el abad de la basílica de Guadalupe a una revista italiana. En donde supuestamente el abad Guillermo Shulenburg dijo a la revista que lo de Juan Diego es solamente un mito”.


Esta es una pregunta a la historia, y la historia nos ha de responder. En 1523 llegan a México tres franciscanos, entre ellos Fr. Pedro de Gante, que trabajó entre esas gentes por espacio de cincuenta años. Otro grupo de doce franciscanos, llamados “los doce apóstoles de México”, se añadió a esa misión. En 1542 eran ya ochenta y seis los franciscanos en México. Los dominicos también se incorporaron desde 1526. En 1533 llegó una expedición de agustinos. El verdadero organizador de la iglesia mexicana fue el franciscano Juan de Zumárraga; en 1546 era elevado a primer arzobispo de México, celebró Juntas y Concilios.

En ese tiempo una nueva Orden religiosa, intentaba abrirse camino ante el Papa Pablo III, eran los jesuitas. El 27 de septiembre de 1540, aprobó el nuevo Instituto por la bula “Regimini militantis Ecclesiae”. Ignacio de Loyola entendía su Orden como una compañía militar para defensa de la Iglesia y su Vicario, por eso la nueva Orden quería que se llamase “Compañía de Jesús”. Los jesuitas recibieron en un principio el nombre de “sacerdotes reformados”. ¡Qué tremenda contradicción! El martillo más contundente en las manos del papado contra la misma Reforma, llamarse: “sacerdotes reformados”. Por eso no es de extrañar que el jesuita Bernardino Llorca escribiese en su “Historia Eclesiástica” (p. 490): “Tanto el concilio de Trento como las Ordenes religiosas, con los hombres extraordinarios que produjeron, fueron instrumentos providenciales para la verdadera reforma”. Claro está, llama “verdadera reforma” a los intentos inquisitoriales de Roma por aniquilar la Reforma que se fundaba en las Escrituras.

Este mismo historiador jesuita nos dice que los miembros de su Orden llegaron a las nuevas tierras en 1572. Cuando estos llegaron a México ya estaban puestas las bases de la iglesia mexicana. Los jesuitas fueron los defensores del culto guadalupano en contra de los franciscanos, que tachaban el culto guadalupano de idolatría. Si los franciscanos no dieron crédito a la aparición de la Virgen al indio Juan Diego en 1531 y lo tuvieron como una idolatría, ¿por qué vamos hacer caso a unos hombres, jesuitas, que cuando ellos llegaron,
ya estaba establecida y organizada la iglesia en México?

El abad de Guadalupe con sus manifestaciones a la revista “Ixtus”, que luego la revista italiana “30 Giorni” reprodujo, (con motivo de la beatificación del indio Juan Diego por Juan Pablo II), afirmando que el indio Juan Diego es “un símbolo, no una realidad”, están en la línea histórica más veraz, haciéndose eco y solidario con los franciscanos conocedores de la realidad eclesiástica de aquel momento en México.

El abad de Guadalupe dice que no hay pruebas de la existencia de Juan Diego. Pero, sin embargo, él a sus 80 años, lleva 33 al frente de esta Basílica guadalupana, cuyo culto tacharon de idolatría los franciscanos. Si no existió el indio Juan Diego tampoco pudo existir una aparición, y aunque existiese el indio Juan Diego, los franciscanos regidores en aquel momento de la iglesia mexicana consideraron una fábula idolátrica la aparición de la Virgen.

Hasta que llegaron los jesuitas, el hierro candente de Roma, y qué mejor forma para apartar de la Reforma a los nuevos pueblos, que este culto de idolatría, muestra de sincretismo religioso y nacionalismo; y como era de esperar prendió como pólvora en el pueblo.

El Papa en 1990 beatificó al indio Juan Diego, el mismo nuncio del Vaticano en México, Girolamo Prigione mantuvo sus reservas ante esta beatificación. Nos podemos preguntar: ¿Cómo alguien que no existió, el Papa lo puede declarar “beato”(beatus: feliz, dichoso, contento, afortunado), estas son las traducciones que admite en nuestro idioma la palabra latina “beatus”. ¿Y cómo es posible que el Papa presente a alguien como modelo de vida para sus fieles, si no hay pruebas de su existencia? A este absurdo conduce el principio de la iglesia católica al tener como fuente fidedigna la tradición y no considerar como única fuente fidedigna de la revelación la SOLA PALABRA DE DIOS. Esto lo confirmó el Concilio Vaticano II en su “constitución sobre la divina revelación”, en su cap. II, 10 dice: “Es evidente que la sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tienen consistencia el uno sin los otros”.

Según este principio no es necesario que lo diga la Palabra de Dios, si lo dice la tradición y el magisterio de la iglesia es suficiente. Aquí se le pueden aplicar las palabras del Señor Jesús que dirigió a los fariseos y a los escribas: “Pues en vano me honran, enseñando como doctrina mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a las tradiciones de los hombres... Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición” (Marcos 7:7-9).


Esto es lo que ha hecho la iglesia católica en el caso que nos ocupa, invalida el mandamiento de Dios que dice: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en los cielos, ni abajo en la tierra... No te inclinarás a ellas, ni las honrarás...” (Éxodo 20:4-5); y se aferra a una tradición que por los mismos hombres de iglesia de aquellos tiempos es llamada: “culto de idolatría”.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Por lo leído eres de una fe no católica. Yo soy católico y no por ignorante, he investigado todas las atrocidades de la iglesia. Pero me mantengo porque la iglesia esta cambiando así como todos tenemos que cambiar para el bien de la humanidad. Solo te digo que hay que tener la suficiente comprensión para asimilar las verdades y los mitos.pero sería mas tonto de mi parte dejarme llevar por creencias solo porque a alguien se le ocurrió fundar su propia iglesia y muchos ignorantes lo siguen sin investigar nada

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